Sabia que no era mío, pertenecía a su mujer y así lo aceptaba y sentía, y en cierto modo me ayudó a disfrutar, de lo poco o mucho que me pudiera dar, como una bendición, un regalo.
Pasaban los meses y volvíamos a hablar sobre lo mismo, nuestra relación, ya no podía crecer más a no ser que diéramos un paso exageradamente grande, arriesgado, maravilloso, loco y un largo etcétera de adjetivos gran parte de ellos negativos o por lo menos peligrosos.
Y con tanto problema por medio a ver quién es el valiente que se arriesga, que apuesta por un futuro juntos sin problemas. A ver quién es el descerebrado que le pide a susodicho amante que deje a su esposa y descendientes, para compartir una maravillosa vida juntos y se hace responsable que dicha relación futura posible fracase y cargue con el peso de haber destrozado una familia en su primera relación supuestamente “formal”.
Vamos…que yo no fui esa valiente y descebrada de la que he hablado, yo simplemente adopté el papel de amante, que se somete a la vida, horarios del otro…a cambio de encuentros inexplicablemente especiales, a despedidas incontrolablemente dolorosas, a esperas de llamadas que nunca se reciben, a encuentros en lugares supuestamente de poco riesgo, a estar en el punto de mira y a ser amado de una manera que nunca más sentirás…
Así seguimos varios años más…amándonos, dejándonos, planteándonos lo nuestro mientras nos mirábamos y decíamos “cariño, qué será de nosotros” y nos despedíamos con un “te quiero, forever” y de repente mi vida dejaba de tener sentido, me inundaba una tristeza enorme y me ponía a escribir como me sentía, a analizar mis dudas, mis miedos, sus palabras, las posibilidad, mi futuro sin él…
Pero estas despedidas-rupturas nunca duraban más de un mes y volvíamos a encontrarnos…







